Como toda comunidad, la comunidad virtual también es excluyente, puesto que obliga al cumplimiento de unos requisitos a todo aspirante a formar parte de ella, excluyendo a todos los individuos que no los cumplan (la comunidad virtual de los antiguos alumnos de una Universidad, excluirá automáticamente de entre sus miembros a todas las personas que no hayan cursado estudios en esa Universidad, por ejemplo). Este carácter excluyente de toda comunidad delimita hasta dónde se extiende su influencia, y a partir de dónde se entra en terreno ajeno, es decir, dónde están sus fronteras. En el caso de las comunidades virtuales, se generan también fronteras, fronteras virtuales, que, tal como señalamos anteriormente, son tan reales como las geográficas y que no se identifican con las fronteras tradicionales. (…)
las fronteras geográficas identificadas con los estados, remite a la geografía, la política, la economía, y lo administrativo. Estas fronteras, al mismo tiempo que separan realidades diferentes, producen, en línea con lo que señala Grimson (2005), espacios interfronterizos y/o transfonterizos. Lugares en los que se producen luchas de poder que implican territorios e identidades diferentes y que, también, se muestran como espacios diferenciados donde se pueden producir conflictos (o los provocan), o donde tienen lugar dinámicas inter o transculturales. (…) Cuando Castells (2005) hace referencia a la identidad, la vincula a los modos en que se da sentido a la vida de las personas. Desde su punto de vista, ni el estado ni el mercado son capaces de dotar de sentido ni conformar a las colectividades. En concreto, el estado se habría convertido más en agente de la globalización que de una colectividad particular, de lo que devendría el surgimiento de otras formas de colectividad, que proponen sentidos diferenciados de comprensión, percepción y de significación, dando lugar a nuevas identidades.

En la actualidad, es tal el número de identidades, en gran medida mediáticas, que se pone de manifiesto la debilidad de algunas de sus formas unívocas. No obstante, esto puede producir el efecto contrario: reforzar las identidades con mayor impacto como la nacional o la religiosa. (…)
La identidad nacional, la más relacionada con la frontera geográfica, que es una de las formas identitarias más relevantes, depende de formas determinadas de explicación procedentes de las élites, normalmente como resultado de la lucha de diferentes grupos para definirla a través de las diferentes instituciones comunicativas y culturales. Estos instrumentos, puestos al servicio de la reproducción cultural, hacen posible el deslizamiento progresivo de versiones particulares de lo que se puede llamar memoria colectiva y, por ende, de un sentido particular de la identidad nacional. Y en la que se incluye de forma básica un territorio y unas fronteras.

Sin embargo, aquí queremos resaltar que la nación es analizable no sólo como una realidad política y social, sino como un ente discursivo y simbólico, procedente y destinado a la “representación cultural”, en interrelación con las estructuras políticas (como el estado-nación, las regiones) y orientado, también, a la gestión del pasado y del devenir. Y como tal ente en constante evolución, y dentro de los parámetros que marcan nuestros tiempos, intentará conquistar también las nuevas fronteras que se abren en el ciberespacio.

Toda nación surge como una comunidad imaginada que se estructura a raíz de las fronteras. Para Santiago García (2001), no es suficiente apuntar a la nación desde la consideración fronteriza, pero desde esta consideración nos adentrarnos en su carácter híbrido, en su dimensión “objetiva, social y discursiva”. Y, al mismo tiempo, aclara los niveles real, simbólico e imaginario en los que se configura las fronteras nacionales. A pesar del riesgo de que la conceptualización de los grupos, de cualquier tipo, responda más a una categoría analítica que una realidad cultural, es oportuno considerar la frontera como un elemento básico para entender las naciones y los nacionalismos. Habida cuenta de que su imaginario está unido a las raíces familiares y al territorio, proyectado en el pasado pero también en el futuro.

En definitiva, en la línea de lo que apunta Newman, es pertinente considerar, al mismo tiempo, las líneas físicas de separación entre estados y las fronteras en su dimensión discursiva y simbólica en tanto que son construcciones que “are socially constructed (demarcated in the traditional jargon), managed (delimited) and impact our daily life practices in the newly created transition spaces and bordelands (frontier zones) which are in constant state of flux” (Newman, 2006: 173). (…) Pero la identidad nacional no es el único modo de identidad colectiva. Para revisar la amplia gama de estas identidades colectivas, que crece de forma creciente y acelerada, nos detenemos en la clasificación que propone Castells (2005). En primer lugar, recoge el concepto de identidades legitimadoras. Es decir, aquellas que se construyen desde las instituciones, fundamentalmente los estados, y que tienen parte de su origen en diversos modos de imposición y represión. Aquí se incluiría las diferentes identidades nacionales como la española o la francesa.

En segundo lugar, se sitúa la identidad de resistencia. Se trata de la identidad de aquellos colectivos en los que crece un sentimiento de rechazo y/o marginación, ya sea social o político. Y que se enfrentan a esta situación mediante la correspondiente identificación. En esta categoría también podrían incluirse algunas formas de identidad nacional o de movimientos indigenistas, que se suscitan como respuesta, en muchos casos, a la globalización.

Por último, se encuentra la identidad proyecto, que se canaliza mediante la autoidentificación con formas culturales, y que tiene como base elementos culturales novedosos (aquí incluye el movimiento feminista o aquellos que promueven los derechos de la naturaleza). (…)
En el ciberespacio, como identidades y naciones, conviven y convivirán diversas memorias, desde las oficiales hasta las memorias de la clandestinidad. García Gutiérrez (2005) propone una clasificación de memorias digitales sociales, basadas, unas, en la ordenación y evocación del pasado común y, otras, en lo individual o compartido:

a) Las personales. Las que tienen un claro carácter individual, en conexión muchas veces con lo íntimo o evocador; y las grupales, que trascienden el control de los individuos, anclándose en lo emotivo: en la familia, el grupo de amigos, o el barrio.

b) Las comunitarias-territoriales con una fuerte base geográfica o geosimbólica, donde el lugar es el centro de intereses compartidos: de afectos, tradiciones, valores o puramente económicos.

c) Las comunitarias en torno a pertenencias como las asociaciones a favor de una u otra cuestión social. Aquí es el objetivo (abierto y dinámico) lo que se comparte, provocando la proliferación de las identificaciones, lo que no descarta posibles contradicciones entre las vinculaciones, por ejemplo, personales. De igual forma, con el tiempo adquirirá mayor relevancia el valor de lo virtual, con todas las opciones de suplantación que se abren.

d) Las sociales, entre las que cabría incluir las locales, nacionales, estatales o mundiales (de carácter político, religioso, etc.) en propagación mediante instrumentos como la educación.

[categorización en conclusiones]
1) Frontera ciber. Este primer tipo de frontera es aquella frontera que separa lo que queda fuera del ciberespacio y lo que queda dentro. Si bien esta frontera se queda, cada vez más, difuminada. Aludimos, pues, a los posibles impedimentos para acceder a la Red, que pueden tener su origen en problemas de tipo económico (brecha digital), cultural (problema de formación), cognitivo (discapacidad), incluso de carácter estructural (fallo en la conexión). En este caso, la frontera se plantea alrededor de la posibilidad de acceso, con las implicaciones tan fuertes que se derivan de la misma.

2) Fronteras mixtas. Se producen cuando coinciden las fronteras reales y las que se sitúan en el ciberespacio. Una muestra de esta clase se vislumbra en los cortes sufridos en el acceso a un buscador en determinados países, por razones de censura o seguridad. Este tipo de frontera tiene que ver con la esfera política y normativa, y también con la necesidad que tiene la memoria, en este contexto virtual, de situarse en dispositivos materiales ligados a un territorio. Están en la raíz del fenómeno ya comentado de las naciones virtuales y también de los casos de diáspora electrónica.

3) Frontera virtual social. Aquí el referente último es real, está conectado a un territorio, que no es un estado. Su naturaleza es fundamentalmente discursiva y simbólica y se canaliza a través de sitios web, foros, comunidades virtuales, etc. En las zonas fronterizas que desencadena, con una ubicación borrosa, se producen situaciones de interacciones que pueden derivar en situaciones de conflicto, incluso en la vida fuera del ciberespacio.

4) Fronteras virtuales comunitarias sin territorio. Esencialmente discursivas, se construyen al amparo de comunidades virtuales originadas en ideas, valores o intereses compartidos. Es el dominio de otras identidades como las étnicas o las religiosas así como de las transidentidades, aunque a veces las contradigan o anulen a las identidades de mayor extensión.

5) Fronteras virtuales comunitarias con territorio. Con una clara vinculación con lo material y lo económico, no tienen carácter nacional sino que son el resultado de reubicaciones territoriales en la busca de beneficios lucrativos o de gestión.

6) Fronteras virtuales aplicadas. Se produce cuando la tecnología, en general, y el ciberespacio, en particular, se dedica y aplica en las fronteras reales existentes. Normalmente, esta casuística se emplea en funciones conectadas a la seguridad y la defensa de los diferentes estados.

Si bien estamos convencidos de que es más importante el hecho de delimitar los procesos que se producen en Internet y que afectan a la esfera relacionada con la frontera, también consideramos necesario proponer una primera clasificación que nos ayuda a entender el fenómeno. Y además, entendemos que la perspectiva comunicológica debe, más que nunca, afrontar esta realidad y aportar su visión con las correspondientes consecuencias científicas y epistemológicas.