Por esto, los contratos y tratados son para Arendt la única alternativa a un dominio que confía en ser dueño de uno mismo y gobernar a los demás, suprimiendo por tanto la pluralidad y en ese camino la posibilidad de la libertad. Un grupo de hombres que se mantiene unido por un propósito acordado para el que sólo las promesas son válidas y vinculantes, posee mayor soberanía sobre sus actos que aquellos que son completamente libres. Esta superioridad deriva de la capacidad para disponer del futuro como si fuera presente, es decir de la ampliación de la propia dimensión en la que el poder puede ser efectivo. El poder que se genera cuando las personas se reúnen y “actúan de común acuerdo”, desaparece en cuanto se dispersan. La fuerza que las mantiene unidas es la fuerza del contrato o de la mutua promesa. La soberanía sólo adquiere “una cierta realidad limitada en el caso de muchos hombres recíprocamente vinculados por promesas” (2007a, 264) pero es falsa si la pensamos en una entidad aislada, tanto individual como colectiva.
Ante los riesgos que derivan de la imprevisibilidad y la irreversibilidad de los actos humanos, el hombre pone en juego sus capacidades de perdón y de promesa recordándose que no es un ser que ha nacido para la muerte, sino para comenzar siempre algo nuevo mediante la acción y la libertad.
“El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y ‘natural’ es en último término el hecho de la natalidad, en el que se enraíza ontológicamente la facultad de la acción. Dicho con otras palabras, el nacimiento de nuevos hombres y un nuevo comienzo es la acción que son capaces de emprender los humanos por el hecho de haber nacido. Sólo la plena experiencia de esta capacidad puede conferir a los asuntos humanos fe y esperanza, dos esenciales características de la existencia humana.” (2007a, 266)
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