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La información y el trato con los públicos organizacionales no son actualizaciones o seguimiento de modas; son relaciones públicas. Y dependen cada vez menos de la acción individual de una empresa (Barnett y Hoffman 2008). Si se hace por canales digitales se debe a su coste y eficiencia. Pero la reputación digital no habla de otra cosa que la visibilidad de la marca o empresa, previene los riesgos de su actividad y modela la actitudes organizacionales ante la evolución de las agrupaciones y los cambios en la tendencias de los entornos vitales, los espacios con los que está en contacto la organización dentro y fuera de internet.
Existen consejos y herramientas para mejorar de forma gradual y prudente el estado de la comunicación corporativa. Pero la iniciativa debe partir de la empresa. Para ofrecer medidas esperamos declaraciones y demostraciones de interés por una reputación digna y por una responsabilidad ante empleados, compradores, entorno social y medioambiente. No se trata de que la empresa esté en los medios sociales como un medio más como otra web añadida al portal corporativo. Que tampoco debió plantearse como fin en sí mismo en la web 1.0 y las punto.com. La percepción de internet va cambiando y algunas de las formas en que se implanta cuentan con innegable éxito. Le toca el turno a la organización revisar su cultura y sus valores si desea participar en la conversación abierta, donde se genera y se explota la innovación. Escuchar, accesibilidad, veracidad, transparencia… deben pasar a los diccionarios y las políticas corporativas (Greyser 2009). Incluso en esta puesta a punto organizacional se obtienen apoyos y motivaciones desde interlocutores o públicos en línea.
No es el bálsamo de fierabrás, de Alonso de Quijano, ni vale para todas las organizaciones en todos los momentos. Pero en este momento de crisis es un derroche no aprovechar la imaginación y los medios propios. De acuerdo con lo que afirma Celaya ( p. ej., 2007: 68-69 ) en una economía de la atención -como la que domina internet- cuando un usuario busca información sobre una marca, productos o servicios en un buscador, los contenidos ya no vienen controlados, medidos e intencionados según los canaliza la empresa (Vallet 2005 en Ros y de Salas 2009: 13-14). Deben competir -aunque no en igualdad de condiciones- con opiniones y contenidos generados por los usuarios actuales, de modo que los antiguos contenidos corporativos se mantengan en las primeras páginas de los buscadores y en el resto de aplicaciones de nuestra navegación diaria en internet (Mouriz 2008).
Existen consejos y herramientas para mejorar de forma gradual y prudente el estado de la comunicación corporativa. Pero la iniciativa debe partir de la empresa. Para ofrecer medidas esperamos declaraciones y demostraciones de interés por una reputación digna y por una responsabilidad ante empleados, compradores, entorno social y medioambiente. No se trata de que la empresa esté en los medios sociales como un medio más como otra web añadida al portal corporativo. Que tampoco debió plantearse como fin en sí mismo en la web 1.0 y las punto.com. La percepción de internet va cambiando y algunas de las formas en que se implanta cuentan con innegable éxito. Le toca el turno a la organización revisar su cultura y sus valores si desea participar en la conversación abierta, donde se genera y se explota la innovación. Escuchar, accesibilidad, veracidad, transparencia… deben pasar a los diccionarios y las políticas corporativas (Greyser 2009). Incluso en esta puesta a punto organizacional se obtienen apoyos y motivaciones desde interlocutores o públicos en línea.
No es el bálsamo de fierabrás, de Alonso de Quijano, ni vale para todas las organizaciones en todos los momentos. Pero en este momento de crisis es un derroche no aprovechar la imaginación y los medios propios. De acuerdo con lo que afirma Celaya ( p. ej., 2007: 68-69 ) en una economía de la atención -como la que domina internet- cuando un usuario busca información sobre una marca, productos o servicios en un buscador, los contenidos ya no vienen controlados, medidos e intencionados según los canaliza la empresa (Vallet 2005 en Ros y de Salas 2009: 13-14). Deben competir -aunque no en igualdad de condiciones- con opiniones y contenidos generados por los usuarios actuales, de modo que los antiguos contenidos corporativos se mantengan en las primeras páginas de los buscadores y en el resto de aplicaciones de nuestra navegación diaria en internet (Mouriz 2008).