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Las innovaciones técnicas abren nuevos campos de posibilidades que los actores sociales desprecian o toman sin ninguna predeterminación mecánica. No se trata de razonar en términos de impacto (¿Cuál será el impacto de las “autopistas electrónicas” en la vida política?), sino de proyecto (¿Con qué fin queremos desarrollar las redes numéricas de comunicación interactiva?). La forma y los contenidos del ciberespacio son aún indeterminados. Un vasto campo político y cultural, casi virgen, se abre a nosotros. Pudiéramos vivir uno de esos momentos muy raros en los que una civilización se inventa ella misma, deliberadamente. Pero esta apertura no durará quizás mucho tiempo. Antes de comprometerse ciegamente en vías irreversibles, es urgente imaginar, experimentar y favorecer, en el nuevo espacio de comunicación, estructuras de organización y estilos de decisión orientados hacia una profundización de la democracia. El ciberespacio podría convertirse en un medio de exploración de los problemas, de discusión pluralista, en hacer visibles procesos complejos, de toma de decisión colectiva y de evaluación de los resultados cercanos a las comunidades en cuestión.